jueves, 18 de diciembre de 2008

Las Fábricas de Asnos.

En el instituto de mi hijo ayer, 17 de diciembre, fue el "día de pellas". Un día en el que se permite que los alumnos y alumnas ronden fumando canutos por los alrededores del centro o no aparezcan por allí. Algunos profesores y profesoras acudieron al centro.
Ya en septiembre llamamos para preguntar cuándo empezarían las clases y sólo nos pudieron dar una fecha aproximada. Empezaron la tercera semana de septiembre.
Hoy van a ir al cine.
Y mañana van dos horitas a que les den las notas los tutores.
No hay puente, pasadizo, vado ni elemento meteorológico que no suponga la suspensión total o parcial de la actividad docente. En total, entre noviembre y diciembre, 26 días lectivos de 34 posibles. Ocho días de clavo, como suena.
Mientras tanto, mi hijo y sus compañeros no entienden nada de biología, por ejemplo. Y no es extraño, porque la biología depende en su nomenclatura del latín y del griego, disciplinas imprescindibles que los modernitos han decidido cargarse en beneficio de las semanas blancas troceadas en puentes diversos y las festividades de San Lápiz Mártir y San Estrés Obispo. Así, por ejemplo, si los chavales supieran que protozoo significa "primer bicho", pseudópodo "pata falsa" o cilio "latiguillo" o "cuerdecilla" no se verían ante la necesidad de memorizar nombres que, a quien no tenga ni idea de su procedencia, les parecen tan extraños como "biribis" o "catuflisma". ¿Se imagina alguien teniendo que saber que "los jorcios se pueden clasificar según su modo de locomoción en remoldillos, cariovíos y jarzuelos"? Pues eso: un sinsentido.
En idiomas no saben las vocales, pero analizan y repiten canciones pop, o aprenden a preguntar cuánto cuesta una hamburguesa. No saben lo que es un verbo auxiliar o un anomalous finite, porque no se les enseña cómo funcionan los idiomas, ni a relacionarlos con el propio, sino a repetir frases y construcciones: lo otro es antiguo. No entienden el genitivo sajón, porque no saben qué demonios es un genitivo. Pero pueden aprobar francés --mi hijo tiene un sobresaliente-- sin saber que el verbo avoir tiene la misma función que el verbo haber. Y todo eso porque hay métodos "naturalistas" para enseñar idiomas, frente a los muy esforzados sistemas antiguos de analizar los fundamentos de la gramática y memorizar las irregularidades, las normas y las excepciones.
Porque esa es otra: la memoria, en lugar de ser una herramienta cerebral a nuestra disposición gracias al trabajo de nuestros genes durante millones de años, es ahora un enemigo al que ni se nombra, como al malo de Harry Potter. No se trata de memorizar listas absurdas, ni de hacer de la memoria un instrumento de anulación de la crítica y la construcción progresiva del aprendizaje. Pero usarla para lo que sirve tampoco es tan malo. Hay cosas para las que ejercitar la memoria es imprescindible, como las definiciones o los nombres de las cosas, por ejemplo, o para situar eventos históricos que organicen el follón de fechas y épocas que tienen los niños en sus derretidos cerebros.
Y creo que todo está en función de una estupidez ideológica posmoderna que me escama y me atemoriza a la vez: la facilitación del aprendizaje y del recorrido académico. Y yo me pregunto por qué demonios tiene que ser fácil. El aprendizaje, como todo trabajo, tiene que requerir esfuerzo. Claro que se puede hacer de la docencia algo divertido --se puede explicar la inflación del universo y la curvatura gravitatoria del espacio euclidiano con un globo, o los eclipses con una linterna y tres bolas de papel de periódico--, relacionar lo que se aprende con la vida misma, intrigar, fascinar, mover a la curiosidad --es mejor enseñar las leyes de probabilidad para rellenar quinielas o no tirar el dinero jugando a la primitiva-- y fascinar con detalles y anécdotas sobre la historia --se les puede contar que César Augusto escribía con faltas de ortografía a propósito, porque decía que había que escribir como se pronuncia, y que sus textos autógrafos se parecían a los que ellos escriben en los móviles--. Pero para eso se necesita una enorme cantidad de trabajo previo del docente y me huele que los tiros van precisamente por ahí. Quiero decir que sospecho que el sistema se ha construido, no para facilitar la tarea de los alumnos, sino para ahorrar trabajo a los docentes.
En tiempos del baby-boom podía uno entender que la mayoría de los maestros se atuvieran a sistemas arcáicos de enseñanza y de disciplina: tenían que lidiar con más de cuarenta monstruitos en un aula. En la clase de mi hijo ahora son 18. ¡¡¡18!!! Y sus profesores y profesoras no son capaces de ir más allá de dictar apuntes y hacer exámenes donde hay que rellenar la palabra que falta.
En fin, menos de 30 alumnos y un calendario laboral real con unos 200 días festivos y siguen produciendo asnos sin interés, sin espíritu crítico ni curiosidad. Misterios de la vida.
P.S.: Lo de los padres y madres también tiene tela. Pero eso, para otro día. Cuando pasen estas tres semanillas de vacaciones académicas durante las cuales maestros y maestras podrán concliar y estar con sus hijos sin movilizar canguros, abuelas, cuñados o guarderías de emergencia.
Otra P.S.: sigue estando prohibido llevar al instituto un ordenador portátil. Curioso. Me pregunto si en grecia, los que tenían tablilla de cera no podían llevarla porque había que utilizar el barro húmedo "de toda la vida". Es para partirse.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Lo Falso y lo Político.

El Friki-Milenio es una mina para sugerir reflexiones, lo que demuestra que de casi todo se puede aprender, o sobre casi todo se puede reflexionar, si uno está dispuesto a ello. Ayer no hubo más fantasmas que el presentador y su mago de la informática, pero trataron un asuntillo espinoso e interesante: el de la falsificación de los "hallazgos" arqueológicos de Iruña de Veleia.
Tampoco hay que rasgarse mucho las vestiduras, porque ya Augusto César, Octaviano antes de tener al Ejército detrás, ya falsificó, enmendó y ocultó, según el caso, los Libros Sibilinos. No hablemos de las falsificaciones, tachaduras y omisiones de algunos de los primeros Padres de la Iglesia, el jaleo que se montó con la Donación de Constantino, o la pasta que, antes de ser descubierto, hizo cierto artista israelí a cuenta de una tabla de basalto falsamente atribuída al reinado del legendario Salomón, entre otras piezas, hace sólo un par de años. Por no hablar, a menor pero más extensa escala, de documentos acreditativos de noblezas, hidalguías y limpiezas de sangre. El trasfondo es muy sencillo: el que paga, manda, y viceversa.
La arqueología, en estos tiempos y en los antiguos, es un terreno muy sensible política y socialmente hablando. Es la disciplina que más puede tocar los escrotillos de cualquiera y que más puede beneficiar a quienes tratan de justificar lo injustificable.
Los escrotos más sensibles son los nacionalistas --hablo de todos los nacionalismos, también del español--: se hinchan con suma facilidad por la tendencia de los dueños a barrer para casa. Esto lo vió Augusto César, y Himmler, y Napoleón, y Mussolini, y nuestro Paquito... Pero también esos cultísimos muchachos que quieren una Euzkadi de pastores y agricultores sin AVEs que les espanten su bucólico y pastoril país. [Nota al margen: todos los nacionalismos, curiosamente, tienen nostalgia de un idílico y rural pasado, lleno de prados verdes y florecillas y pastoras complacientes. Sus utopías siempre miran atrás. Por eso me parece inconcebible que alguien de izquierda sea nacionalista].
Como los nacionalismos suelen ser muy religiosos, además, buscan pruebas de la existencia real de los protagonistas de sus mitos, pero con cuidado, no vaya a ser que no nos guste el resultado. Así por ejemplo, es difícil admitir, para un israelita, que el monoteísmo hebreo bebiese en su origen de una corriente procedente de exiliados de Tell-el Amarna, porque entonces los egipcios reivindicarían lo que no deben. Y para nosotros también es mejor, porque la costumbre oriental de solucionar las cosas entregando al enemigo al juicio de la divinidad mediante baños de sangre ha pervivido durante milenios.
Instrumentalizar el hallazgo arqueológico es un arma muy poderosa y muy antigua. La esposa de Constantino --que debo recordar que se convirtió al cristianismo en su lecho de muerte-- montó una expedición a Jerusalén para traer un trozo de la vera cruz, es decir, la del madero donde colgaron al desdichado líder de sus cada vez más extraños súbditos. Ella inauguró el tráfico político de reliquias sobre las que juraban, se coronaban o se avalaban los tesoros reales las monarquías y los principados de toda la Cristiandad hasta la Edad Moderna. Un chiste ya clásico decía que en cierta iglesia se podían contemplar los cráneos de San Juan Bautista a los 12, a los 20 y a los 33 años. Chiste moderno que tiene su remedo en muchas fuentes medievales del siglo XIV, en el que los primeros científicos nominalistas ya se mofaban de la profusión de dientes, huesecillos y otros despojos pertenecientes a santos y mártires.
Que ahora haya sujetos que quieran dar patente de verdad a sus bucólicas fantasías del origen no es más que la prolongación de esa inercia de los que pagan para justificar que no mandan sólo por eso. Pero brindemos por los arqueólogos. Al menos ellos tientan escrotos, que es de lo que se trata.
Vamos, digo yo.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La Simplicidad y la Evidencia.

El otro día, cuando estaba viendo el frikimilenio ví un reportaje sobre una cueva en Cantabria donde, como en el Castillo y en otros lugares, volvían a aparecer esas maravillosas manos pintadas en negativo. El amigo Jiménez, que ve misterio, inquietud y sobresaltos hasta en los chicles pisados al descuido se pasmaba ante estas pinturas rupestres y, junto con sus guías y paleontólogos, indicaba lo irresoluble del misterio de esas manos.
A mí, desde que las ví en la Cueva del Castillo hace muchos años, siempre me parecieron señales de sentido prohibido (debo aclarar a los madrileños que puedan leer este humilde texto que es la roja con la banda blanca y que prohibe el paso a todo el mundo en cierto sentido, no solo a los madrileños, a mala leche). Y digo que siempre entendí el mensaje porque me parecía sencillo: es el gesto que hacemos cuando alguien va a pasar por donde no queremos que pase y, como hijo de guardia, sé que los agentes de movilidad --antes guindillas-- hacen ese gesto como queriendo decir "quietos paraos los caballos, que por aquí no se pasa". Si será fácil y cómodo de usar que hasta los porteros de discoteca lo hacen con el mismo significado.
Luego, como soy inquietillo, recordé que en euskera /mano/ se dice /esku/ o /ezku/. Y mira por donde, /misterio/ tiene la misma raíz: /ezkutuku/, que también significa /secreto/, o /ezkutapen/.
Seguro que no tengo razón y que todo esto es un juego de tiempo libre, más bien de empollón, pero me parecía una solución simple, sencilla y elegante. Y además cuadra, porque en la cueva del Jiménez no he entrado, pero en el Castillo sí, y recuerdo que las manos no estaban precisamente en la entrada de la cueva, sino en algunos de los lugares más recónditos de la gruta.
Mi idea tonta me recordó a la sencillez y la elegancia con la que Robert Graves instaló la Atlántida perdida en Libia, en el lago Tritón. A pesar de que casi todas las indicaciones prehistóricas sobre lo sagrado que hizo este autor inglés se van confirmando una por una, como no era antropólogo ni paleontólogo ni arqueólogo, ni nada-ólogo, pues ni caso. Pero me sigue extrañando que algunos de los que sí son algo-ólogos desprecien los textos míticos sin más análisis que el literario y otros se pongan a buscar la cruz donde colgaron a un personaje cuya existencia histórica está lejos de ser irrefutablemente demostrada, con toda la convicción que da la pasta de Discovery Channel.
Otra de las cosas que me parecen evidentes es que el llamado fenómeno OVNI no debe ser investigado y, si lo es, los resultados no deben publicarse. Ignoro los motivos, pero es muy llamativo que algo que sucede a todo tipo de personas y en todas las tierras y mares del planeta sea ignorado por la comunidad científica en general. Si es un fenómeno, estúdiese. Si es un cuento, demuéstrese. Porque lo que yo vi una vez y lo que han visto amigos míos (entre ellos pilotos y militares) no tiene nada que ver ni con globos sonda, ni con bombarderos secretos ni con explosiones de metano.
Digo todo esto porque vivimos en una cultura que, a base de enrevesarse, tiende a negar lo evidente, lo sencillo, lo que se tiene más a mano. Hace poco se cumplía el aniversario de la muerte de mi padre. Y recordé que vivimos en una cultura que niega la muerte y su evidencia, por motivos que nunca me parecen inocentes.
Se nos vende una especie de inmortalidad si comemos tal o cual alimento (varía según la empresa que pague el estudio), si no fumamos, si no bebemos o si follamos con moderación. Como si no hubiera azar, como si la vida no fuera estúpida y la muerte dolorosa, terrible, final. Quieren hacernos buenos y nos dicen que no nos muramos. Como si pudiéramos elegir.
El día que me firmen un papel diciendo que si no fumo no me muero, lo firmo en seguida: hasta entonces seré un resistente --con cáncer, seguramente--, pero resistente. Y no me vengan con mi calidad de vida futura: primero porque aquélla copa, aquél polvo, aquél pitillo, enriquecieron mi vida como aquél libro, aquélla mirada o aquél solo de Miles Davis. Y mañana me puede atropellar un borracho. No quiero tener ni la muda limpia ni los pulmones rosas.
Que se jodan. Sencillo, ¿verdad?
P.S.: los de mi edad para arriba recordarán cuando se condenó el aceite de oliva como algo insano y terrible frente a las bondades del ¡aceite vegetal! Nadie se preguntó qué bicha ordeñaban para elaborar el aceite de oliva.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Tontos de los Cojones, no. Tontos Integrales.

Siempre he sospechado de quienes se rasgan las vestiduras. Recuerdo a un estúpido escritor de libros en serie que se ganaba la vida "analizando publicidad subliminal", lo que se traducía en muchas horas remuneradas exponiendo cómo veía penes en la sombra de un balcón o la palabra sexo en los juegos de luz de unos cubitos de hielo. Recuerdo aquél censor que vió un incesto donde había un adulterio. Y recuerdo cómo un presidente de gobierno --me disculparán que no lo ponga en mayúsculas: es que me da la risa tonta-- me mintió personalmente a la cara y empleó insultos indecibles a los que apoyábamos el fin de la Guerra de Irak, la retirada de las tropas y la exploración de una solución dialogada al conflicto vasco. Si extendemos el caso a la Comunidad de Madrid, podría verse cómo se rasgan las vestiduras los pseudodemócratas que privatizan lo que les da la gana, que recortan los presupuestos de la Universidad Pública, que con sus acusaciones falsas han destrozado la carrera --y casi la vida-- de unos profesionales de la medicina sin que sus acciones hayan tenido consecuencias, que utilizan la televisión pública de una manera que hubiera avergonzado a Goebbels, que trincaron unas elecciones a cambio de un ladrillazo...
Estos son los que se rasgan las vestiduras porque el Alcalde de Getafe ha dicho que no sabe "cómo hay tanto tonto de los cojones que vota a la derecha". Dejando a un lado la corrección de su expresión, me gustaría matizar dos cosas sobre estas declaraciones:
1. No creo que la estupidez de los que votan a estos sinvergüenzas políticos se limite a los genitales y mucho menos a los que sólo poseen éstos en su variante masculina. El que vota a estos --y estas: empleo el neutro, que en castellano se confunde con el masculino-- filibusteros que cogen lo de todos y se lo dan a unos pocos, a estos que dicen mentiras ante un micrófono negando la realidad, a los que cuando cometen una barbaridad y les pillan responden con el silencio hierático --modo Piqué-- o niegan la evidencia usando la reserva mental --modo Opus--, a estos que creen que todo es suyo y que la democracia confiere la propiedad de lo público... El que vota a esta gente, señor Alcalde, no es tonto de los cojones. Es tonto (o tonta) del todo. Completa y totalmente estúpido/a.
2. No creo que deba usted disculparse sino por las formas, haciendo hincapié en que estaba usted en una reunión con unos vecinos del pueblo. Porque el fondo, señor mío, es intocable. Los rasgadores de vestiduras han deslegitimado a los votantes de izquierda desde julio de 1936 hasta ahora. Ponen a niñatos engominados --que sólo por accidente no se llaman Santiago-- a decir que el Ché era un canalla. Han tratado al Jefe del Estado, a los representantes democráticos de la izquierda y a sus votantes como basura de intercambio. Han utilizado a los muertos del 11 de marzo como excusa para mentir sobre una trama deslegitimadora de las elecciones libres. Han ido a una guerra, señor Alcalde, sin la legitimidad necesaria. Los que les votan, además de ser tontos lo son reos de estulticia, en mi opinión.
La derecha siempre ha tratado de gobernar para ignorantes, para incultos, para ciegos y sordos, para inmóviles, diletantes o mudos --entiendan que son metáforas y no hacen referencia a discapacidad alguna, podríamos llegar. Y ya está bien. En mi opinión, quien vota a la derecha es tonto, coño, pero tonto del todo, sin remisión y sin remedio.
Si no, hagamos la prueba fuera de nuestro pequeño kiosko local. Las grandes empresas del automóvil piden una enorme suma de dólares y anuncian que, unavez recibida esa suma, su primera medida será despedir a 20.000 trabajadores. Y tragamos todos. Ni un editorial sobre el asunto. Ningún analista económico preguntándose qué coche (y qué comida, y qué otros objetos que beneficien a otras empresas) podrán comprar las 20.000 familias, más los cientos de miles sobre las que repercutirán esos despidos. Nada.
Pues si esos 20.000 trabajadores y trabajadoras votasen republicano yo, señor Alcalde, les tomaría por tontos. Y lo harán. No le quepa duda de que lo harán. Porque el número de estúpidos siempre está muy por encima de las estimaciones.
Vamos, digo yo.
P.S.: ha pedido disculpas y eso le honra, señor Alcalde. Ha sido usted más rápido que los políticos y corifeos que llamaron asesino, terrorista y amigo de los terroristas al Secretario General de su partido, a la sazon Presidente del Gobierno y, con ello, a sus votantes.

martes, 25 de noviembre de 2008

Lo Obvio y lo Obsceno.

En 2005, murieron en España 387.355 personas. De ambos sexos, o géneros. Hubo casi 3.500 suicidios y unas 4.000 víctimas mortales en accidentes de tráfico. 1.000 personas murieron –todavía—en el parto o por complicaciones perinatales. La primera posición es para las enfermedades relacionadas con el sistema circulatorio (126.000), aunque como la mayoría de las defunciones se certifican como “parada cardíaca” esto debería matizarse. Murieron 11.000 personas por “síntomas, signos y hallazgos anormales clínicos y de laboratorio, no clasificados en otra parte”; es decir: que han muerto no se sabe muy bien por qué. No creo que las tendencias hayan cambiado mucho, exceptuando quizá las relacionadas con los accidentes de tráfico, tendencia que mejora a pesar de que nuestros lemmings motorizados se están empeñando en revertir la tendencia en este final de año.
También recuerdo que hace muchos años, El Perich, en uno de sus chistes-comentarios en El Jueves dentro de las “Noticias del 5º Canal”, ironizaba sobre el problema del consumo de droga en Barcelona. Decía algo así como: “Las autoridades, preocupadas porque en Barcelona hay 200.000 drogadictos. Dado que en Barcelona viven 3 millones de personas, la buena noticia es que hay 2.800.000 personas que no tienen problemas de droga. Así que a lo mejor, el problema de la droga no es tanto problema”. Era más menos así.
Digo todo esto porque con motivo del Día de la Violencia contra las Mujeres (o como se llame oficialmente) he escuchado una tertulia en Hoy por Hoy que me ha dejado un poco perplejo. Una de las intervinientes se quejaba de que, con 62 mujeres muertas en lo que va de año –desde luego la cifra empeorará con las Navidades--, “la violencia machista sólo aparece en el noveno lugar” del Barómetro del CIS como una preocupación de la sociedad.
A mí, para ser sincero, me parece que cuantitativa y cualitativamente hay un éxito enorme de sensibilización cuando un problema que afecta al 0,02% de las personas que mueren al año es una de las máximas preocupaciones de la sociedad. No quiero trivializar y apropiarme del mencionado chiste de El Perich diciendo que hay 174.958 mujeres que no han muerto por el maltrato. Pero me preocupa que los creadores de la mal llamada alarma social no dejen espacio para los análisis cuando muestran su justa indignación; me asusta más cuando el pánico o el malestar que siembran convierte todo lo gris en blanco y negro y se sustituye la búsqueda de causas, la investigación y la matización por la condena, la consigna y la exigencia de acciones radicales, inespecíficas. Por eso no me gusta hablar de “atajar” los problemas. No me gustan los atajos. Ni los tajos.
Tampoco me ha parecido muy propio dedicar parte de la tertulia a si había que denominar al fenómeno “violencia doméstica” o “violencia machista”. Porque no me parece sólo una cuestión de ponerle apellido a la violencia, al maltrato o al asesinato. Estos sucesos se tratan siempre como una enfermedad, y yo creo que es una equivocación. En mi –seguramente equivocada—opinión, los asesinatos que tienen que ver con las parejas son un síntoma de una enfermedad mucho más profunda.
Me parece que hay un cambio de posición de la mujer en todas las dimensiones de la vida. Y que muchos hombres se sienten amenazados por ese cambio de posición, en muchas ocasiones porque ellos no saben o no quieren saber dónde les toca estar a ellos ahora.
Muchos de los valores, de las tradiciones y de las pautas culturales que han regido la interacción y la presentación de las personas en su vida doméstica, laboral e, incluso, sexual, no se han vertebrado aún en modelos alternativos socializados, en epopeyas, relatos y valoraciones que propongan modelos a seguir coherentes y estructurados. Modelos en los que la virilidad del hombre no sea la posesión de la mujer, gritar más fuerte o ser más desfachatado que los demás, más grosero, más “poderoso”. En esto vamos todos un poco a tientas.
Y todo viene de que a los energúmenos no les hacemos frente de verdad. Al que se cuela en la cola, al que circula por el arcén en un atasco, al que mea en una pared, al que lleva la moto con escape libre a las tres de la madrugada, al que pone lavadoras a esa misma hora, al que pega al chaval que va con la camisa por dentro, al que presume de follar más que nadie porque las tías están pa’ eso, al que habla a gritos por el móvil en el tren –habitualmente para decir que va en el tren--, al que se pasa las señales por el forro, al que fuma en los ascensores, al que no te sujeta la puerta en el metro, al que busca las gafas junto al surtidor de gasolina cuando tiene detrás seis vehículos, al que no tiene preparado el dinero del peaje, al que se va de vacaciones dejando ladrar a su perro día y noche, al que le importa un carajo que su coche contamine, al que cree que “lavavajillas” es un bidé para personas con disfunción en el crecimiento, al que ve en su hijo la proyección de su estupidez o de los logros que no ha conseguido, al que cree que sólo existe él en el mundo... A ése le dejamos siempre hacer lo que le da la gana para no meternos en líos, no sea que acabemos en coma en un hospital por defender a alguien de una agresión o, peor, en un juicio.
Y ese es el problema de la violencia s-o-c-i-a-l del que muchas mujeres --y hombres: personas-- salen muertas o magulladas: vivir en una cultura de matones (y matonas: ojito) en la que los que no lo son, como hicieron los alemanes en los años 30, nos inhibimos, miran hacia otro lado y “se contiene”. Claro que muchas veces esos energúmenos somos nosotros mismos.
Y nadie tira piedras contra su propio tejado.
Vamos, digo yo.

P.S.: que conste que a mí me gustaría que la violencia contra las mujeres fuese un sencillo problema de género. Como me gustaría que la violencia terrorista fuese un problema político. Como me gustaría que el hambre y la enfermedad fuera un problema de alimentación o médico. Pero me temo que esos atajos no llevan a ningún sitio.

martes, 18 de noviembre de 2008

Los Frikis y la Verdad Incómoda.

Como ya dije, soy una especie de adicto al frikiprograma del presunto periodista Iker Jiménez. Se ha convertido en uno de los espacios de humor --desgraciadamente, porque esos asuntos se pueden y se deben tratar con seriedad y rigor-- más originales del panorama audiovisual. Bueno, también me colgué de GH9... Cada uno tiene lo suyo y de paso me sirvió para no volver nunca más el programa de la pobre Milá.
Pues bien, en la "nave del misterio" me encontré con que estaban hablando de los célebres "chemtrails". En un rincón, Jacob Petrus, estimable y estimado meteorólogo de la Cadena Ser hasta hace algún tiempo. Explicó parte de las causas --sólo las meteorológicas y una física-- por las que las estelas de las aeronaves adquierenformas distintas, se desplazan o se colorean, etc. Se olvidó de ofrecer una causa aerodinámica y térmica: las moléculas de agua en suspensión que chocan contra los vórtices de las alas se calientan bajo la presión. Cuando la humedad es alta, ese calentamiento las lleva a hervir, y así vemos estelas que no salen de los motores, sino de las alas. En muchos de mis vuelos he observado el curioso e intermitente fenómeno.
En el otro rincón estaba un sujeto --al menos alguien debería sujetarle-- denominado en el rótulo "Skywatcher", que, traducido al castellano, significa "alguien que tiene una enorme cantidad de tiempo libre para mirar p'arriba". Al parecer trabaja "de escalador" en edificios, lo que supongo que significa que limpia cristales. Esto no lo digo como desdoro de la profesión, arriesgada y nunca valorada, de quienes mantienen las fachadas. Lo apunto como elemento de juicio acerca de la cualificación del individuo, que empleaba palabros como "techo químico", "ola aeroquímica" o cosas por el estilo.
Sus pruebas, frente a los datos aportados por Petrus eran, por ejemplo, que había hablado con una señora de 70 años que nunca había tenido asma y ahora lo tiene. O que había hablado "con muchos farmacéuticos" y las alergias habían aumentado "desde que vengo observando el fenómeno", decía. Lleva un año, nada menos, observando "el fenómeno". Tampoco parecía haber estudiado en ningún grado en el que le explicasen que las partículas en suspensión de agua y hielo de las nubes pueden colorearlas con luces iridiscentes, debido a la difracción, fenómeno que viene descrito por primera vez en la Biblia, cuando lo de Noé. Pero ese libro parece que tampoco lo leyó. Dijo otra colección enorme de chorradas, pero como muestra, vale.
En fin, que empecé a medio apiadarme del pobre tipo, a valorar por su expresión si tenía algún rasgo discursivo psicótico cuando me acordé de ilustres frikis como él, ignaros, incultos y sin embargo invitados a hablar ante grandes audiencias.
Vaya, que me acordé de Rajoy y su primo, de Ánsar, de Aguirre, de su amigo americano, de la inefable Palin, a quien dios habla (House: "si hablas con dios, eres religioso. Si dios te habla, eres psicótico"), de los predicadores que dijeron que el Katrina era un castigo por el aborto o los matrimonios homosexuales, de los asnos que niegan la evolución, de los que aún claman contra el condón o del típico imbécil que todavía pregunta para qué se mandan naves espaciales al universo, pero que lo flipa viendo un tanque que cuesta lo que dos hospitales. Y es que, jopelines, entre la Milá, el Jiménez, la Faes y los skywatchers, te hacen tener la percepción de que estamos rodeados de gilipuertas. Y que además se les escucha. En mis tiempos se les daba un cate...
Vamos, digo yo.
P.S.: Con la cantidad de mierda que echamos al aire todos los días, y nos distraemos viendo pasar aviones. Eso lo hacía yo con un amigo en la facultad. Si lo sé hubiera puesto en mi tarjeta Skywatcher de la Faes. Ahora, seguro que no estaba en el paro.

lunes, 10 de noviembre de 2008

La Verdad, en la Televisión Basura.

Un analista militar, ex-miembro de los servicios de inteligencia de las FFAA, dice que Occidente está perdiendo la guerra porque ha dejado de ser Occidente. Occidente ya no defiende sus valores: democracia, libertad de tránsito, igualdad de las mujeres y los hombres, laicidad del Estado y de la política, reparto igualitario de la riqueza, solidaridad (cuidado: los valores de izquierda son occidentales)...
Este ex-soldado recuerda que cuando Alemania estaba machacando Inglaterra con bombas su líder prometió a sus conciudadanos “sangre, sudor y lágrimas”. La lucha de Occcidente sobre sí mismo y sus demonios costó millones de vidas, pero combatió por su identidad y venció. Ahora, Occidente, según él, se rendirá, porque nadie está dispuesto a combatir y porque ha renunciado a sus creencias más profundas. La guerra contra el fundamentalismo religioso (de todos los credos), contra esos líderes multimillonarios que mandan a mujeres y jóvenes con un cinturón de granadas a suicidarse en el metro, o en un autobús, o en un avión la hemos perdido gracias a nuestra renuncia, a cambiar una falsa sensación de seguridad por nuestros valores democráticos: Guantánamo, el espionaje electrónico indiscriminado, la doctrina de la guerra preventiva, la deslocalización, la codicia como valor financiero supremo. Ese es el principio de nuestra rendición.
Poco antes, estuve escuchando a unos cuantos abuelitos veteranos de la Batalla de Guadalajara. Viejos combatientes que habían dado –y perdido—todo defendiendo la República legítima. La aviación, en aquélla batalla estaba liderada por Hidalgo de Cisneros, un aristócrata que no era fascista. Que creía en la República y llevó su “chato” contra los facciosos rebeldes que tuvieron la desfachatez de decirse “nacionales” y “cruzados” y contra sus aliados italianos.
¿Qué líder nos muestra ahora el combate que se avecina y nos convoca a la lucha para defendernos de los que quieren volver a las hogueras, a las mujeres encerradas, a los sistemas de opresión teocrática? ¿Qué líder nos recuerda que nuestra libertad es más valiosa que nuestra seguridad, que no podemos dejar a nuestros hijos un mundo esquilmado por los cuervos del capitalismo o los que aún prometen un cielo y un infierno? ¿Quién está dispuesto a combatir en la guerra que ya ha estallado? ¿Qué abuelos vivirán para vernos claudicar y mirar a otro lado hasta que nos borren con una bomba de destrucción masiva o nos encarcelen por pensar diferente?
El programa en el que escuché la intervención del ex-soldado: Cuarto Milenio. Los estúpidos que le acompañaban creyeron que estaba defendiendo precisamente que las democracias abandonaran su “permisividad”. En fin. Eso me pasa por ver programas de friki. Pero si no lo hubiera visto, me habría perdido a alguien que dice la verdad.
Vamos, digo yo.

P.S.: ¡Oh, sorpresa!¡Oh, conmoción! Dos soldados han muerto en Afganistán. Igual un día de estos un poli muere en un tiroteo o un bombero en un incendio. O un niño se pelea con otro en el colegio. No sé dónde vamos a llegar, no sé.