jueves, 2 de abril de 2009

Tozudez y Pascua.

Vaya por delante que porvengo de familia baturra, en la que si algo no sale es que no se está usando un martillo suficientemente grande, y que no existe la frase “eso no va a entrar”. Así que no crean que me quito de enmedio.

Pero es notable la tozudez que exhiben algunos cuando se trata de acabar con las ganas de fiesta del personal o de paliar en lo posible la verdad universal de que cuando se es joven se es bastante gilipolla.

Téngase en cuenta también, antes de ir al tema que nos ocupa, que la religión católica –pero sobre todo romana—usurpó mediante el recurso a las tradiciones patriarcales procedentes de oriente los atributos rituales, místicos y mistéricos de una creencia generalizada en la Gran Diosa. Esa usurpación aún se ve en nuestros días, en los que los sacerdotes, invariablemente, se visten de mujer para hacer visible esa usurpación.

No obstante, seguimos celebrando el nacimiento de Venus (es decir, de la Blanca Paloma, su totem principal y sus muchas manifestaciones en diferentes formas) o el enterramiento de Osiris por parte de Isis –su hijo y amante--. Nuestras plañideras calientan motores para llorar primero la muerte de Tammuz (o Adonis o Atis) y celebrar luego su resurrección en la primavera, durante el primer plenilunio y nuestros penitentes se preparan para simular, como hacían los calebitas, los dáctilos o los coribantes, entre otras tribus antiguas, la auto mutilación y el castigo físico contra sí mismos en honor de la Madre de Dios. Etcétera.

Estos sacerdotes vestidos de sacerdotisas –que reproducen la vestidura de los sátrapas orientales cuando decidieron abandonar a Aserá, Astarté o cualquier nombre de la Diosa Siria--, que saben muy bien lo que se cuece aunque no lo parezca, y de dónde vienen, han luchado, como parece que dijo el propio Cristo (según Clemente de Alejandría que cita un logion que ningún exégeta se atreve a proclamar falso) a “destruir los trabajos de la hembra”. Es decir, a remachar con su clavo de nazarita con voto de castidad un amor sin la “mancha sexual”, a hacer “que no haya varón ni hembra”, y por tanto a terminar el trabajo que los primeros invasores orientales hicieron con los antiguos matriarcados mediterráneos.

La vigilancia de la paternidad se impuso porque en tiempos no se sabía que el padre –que en algunas culturas sigue pareciendo una figura inútil, tanto como, digamos, San José—tenía algo que ver con la generación. El parto de las criaturas nuevecitas que llegaban al mundo se atribuía al viento (Estrabón cita esta creencia), al agua, a la magia propia de las mujeres. Cuando se descubrió el asunto de la paternidad había que resolver el problema de la transmisión de la propiedad, así que se fomentó, sobre todo entre las tribus nómadas del pastoreo que no querían que se dividiese su patrimonio pecuario, la monogamia femenina. La masculina no, porque no se chupaban el dedo. De ahí a convertir primero en cuestión de honor y luego en dogma social la virginidad y la pertenencia de la mujer al marido en exclusiva no iba más que un paso, y se dio.

El problema del aborto vino también como cuestión de economía. El Imperio necesitaba brazos y el aborto, en Roma (líder cultural del mundo), era una cuestión habitual sobre la que nadie discutía. Para ponerle freno, además de muchas leyes –la más conocida, la Pappia Popea-- que premiaban la paternidad múltiple, se empezó a promover la consideración de los niños como seres humanos, incluyendo a los no nacidos hasta cierto punto. En la misma época en la que, ante un desastre nacional, se exponía a los niños. Cuando un emperador moría, por ejemplo. O cuando se perdía una batalla a miles de kilómetros. De ahí se pasó a la extensión de la consideración dual del hombre (que no es un invento cristiano) en su composición cuerpo+alma. Si se quería proteger a los niños había que darles alma, y fijar el momento, que tanto discutió San Agustín (y muchos otros Padres) en el que ésta aterrizaba en el cuerpo del feto.

Esta manera de pensar se aplica, por tanto desde hace mucho tiempo, con lo que, si uno no cree en el alma, no hay por dónde asegurar que un feto es un ser humano. La gente más razonable –en mi opinión—dice que cuando está completamente formado el sistema nervioso. Pero en esto hay opiniones para cada minuto de la gestación o casi.

El asunto es que todo este jaleo de los antiabortistas (que, notablemente, suelen manifestarse en contra de las negociaciones para la paz y a favor de la pena de muerte, lo que no deja de ser un aborto con carácter retroactivo siguiendo sus esquemas) proviene de un conjunto de mitos, leyendas y luchas por la primacía religioso-mítica construidas contra el misterio femenino y su control sobre la generación. Mitos y luchas que se presentan, a pesar de todo, inacabables. La oportunidad política también juega, claro, pero eso es tan manido que ni lo comento.

Si sólo fuera eso. Llevan dos mil años tratando de impedir el refocile y el gustirrín. Condenándolo, prohibiéndolo, mencionando la composición interna de los cuerpos y su corruptibilidad , diciendo que te quedas ciego y tonto. advirtiendo lo de “pulvis es...”. La ironía de que en España a la fornicación se le llame polvo es inconmensurable y acertadísima. Y no hay manera. La hembra, sus trabajos, la llamada de la tierra, de la sensualidad, del descubrir los cuerpos y el amor, la pasión, incluso la violencia o el asombro en ellos, sigue sin tener freno. Y como los jovencitos y jovencitas, además de ser un poquito gilipollas no están educados en cuestiones sexuales pasa lo que pasa.

Ahora bien. Lo que no tiene gracia es proteger cualquier vida a costa de otra sin ni siquiera discutir prioridades entre el bien mayor y el menor, condenando a víctimas de violaciones, de malformaciones y enfermedades genéticas a un infierno en la tierra con la promesa del Reino. Lo que no tiene puñetera la gracia es que asesinen (per tertium interpositum) a millones de africanos y africanas soltando falsedades sobre los condones y apelando otra vez a que la gente se la escayole o se ponga velcro en las piernas y, si todo falla, a tener fe. Y lo que no tiene gracia es que todo eso lo diga quien tiene por misión propagar la nueva del amor y la redención.

De todos modos, yo creo que no están los tiempos para tocar las narices a las mujeres. Y, por otra parte, no vamos a dejar de follar se pongan como se pongan. ¡Coño, que llevan 2.000 años intentándolo inútilmente!

Hay que ser tozudos, vamos.

2 comentarios:

Noelia dijo...

Lo suscribo. Todo.

David Menes dijo...

Me pierdo un poco con las referencias religiosas e historicas, pero como soy un poco jilipolla...
aunque braco y pascua, porque lo que entiendo, no me sale por la otra oreja sino que me envuelve en un suave dolor de rebelde con muchas causas.
Sigue, porfa. dandolé lenna al mono, que me encanta.
Y a ver cuando escribes sobre la nueva jefa del parlamento vasco, que me quiero enterar..