lunes, 15 de diciembre de 2008

Lo Falso y lo Político.

El Friki-Milenio es una mina para sugerir reflexiones, lo que demuestra que de casi todo se puede aprender, o sobre casi todo se puede reflexionar, si uno está dispuesto a ello. Ayer no hubo más fantasmas que el presentador y su mago de la informática, pero trataron un asuntillo espinoso e interesante: el de la falsificación de los "hallazgos" arqueológicos de Iruña de Veleia.
Tampoco hay que rasgarse mucho las vestiduras, porque ya Augusto César, Octaviano antes de tener al Ejército detrás, ya falsificó, enmendó y ocultó, según el caso, los Libros Sibilinos. No hablemos de las falsificaciones, tachaduras y omisiones de algunos de los primeros Padres de la Iglesia, el jaleo que se montó con la Donación de Constantino, o la pasta que, antes de ser descubierto, hizo cierto artista israelí a cuenta de una tabla de basalto falsamente atribuída al reinado del legendario Salomón, entre otras piezas, hace sólo un par de años. Por no hablar, a menor pero más extensa escala, de documentos acreditativos de noblezas, hidalguías y limpiezas de sangre. El trasfondo es muy sencillo: el que paga, manda, y viceversa.
La arqueología, en estos tiempos y en los antiguos, es un terreno muy sensible política y socialmente hablando. Es la disciplina que más puede tocar los escrotillos de cualquiera y que más puede beneficiar a quienes tratan de justificar lo injustificable.
Los escrotos más sensibles son los nacionalistas --hablo de todos los nacionalismos, también del español--: se hinchan con suma facilidad por la tendencia de los dueños a barrer para casa. Esto lo vió Augusto César, y Himmler, y Napoleón, y Mussolini, y nuestro Paquito... Pero también esos cultísimos muchachos que quieren una Euzkadi de pastores y agricultores sin AVEs que les espanten su bucólico y pastoril país. [Nota al margen: todos los nacionalismos, curiosamente, tienen nostalgia de un idílico y rural pasado, lleno de prados verdes y florecillas y pastoras complacientes. Sus utopías siempre miran atrás. Por eso me parece inconcebible que alguien de izquierda sea nacionalista].
Como los nacionalismos suelen ser muy religiosos, además, buscan pruebas de la existencia real de los protagonistas de sus mitos, pero con cuidado, no vaya a ser que no nos guste el resultado. Así por ejemplo, es difícil admitir, para un israelita, que el monoteísmo hebreo bebiese en su origen de una corriente procedente de exiliados de Tell-el Amarna, porque entonces los egipcios reivindicarían lo que no deben. Y para nosotros también es mejor, porque la costumbre oriental de solucionar las cosas entregando al enemigo al juicio de la divinidad mediante baños de sangre ha pervivido durante milenios.
Instrumentalizar el hallazgo arqueológico es un arma muy poderosa y muy antigua. La esposa de Constantino --que debo recordar que se convirtió al cristianismo en su lecho de muerte-- montó una expedición a Jerusalén para traer un trozo de la vera cruz, es decir, la del madero donde colgaron al desdichado líder de sus cada vez más extraños súbditos. Ella inauguró el tráfico político de reliquias sobre las que juraban, se coronaban o se avalaban los tesoros reales las monarquías y los principados de toda la Cristiandad hasta la Edad Moderna. Un chiste ya clásico decía que en cierta iglesia se podían contemplar los cráneos de San Juan Bautista a los 12, a los 20 y a los 33 años. Chiste moderno que tiene su remedo en muchas fuentes medievales del siglo XIV, en el que los primeros científicos nominalistas ya se mofaban de la profusión de dientes, huesecillos y otros despojos pertenecientes a santos y mártires.
Que ahora haya sujetos que quieran dar patente de verdad a sus bucólicas fantasías del origen no es más que la prolongación de esa inercia de los que pagan para justificar que no mandan sólo por eso. Pero brindemos por los arqueólogos. Al menos ellos tientan escrotos, que es de lo que se trata.
Vamos, digo yo.

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